Rectitud


Para José Pedro Diéguez.
“Quis umquam innocens periit?”
Liber Iob, 4:7.
La sangre quiebra su fluido ante la cólera infinita
que desde las estrellas llueve impía.
No era polvo, ni pétalo ni pluma
en el fuego, en el aire o en el arroyo,
con la rodilla en tierra
cuando cayó la espada en otra frente.
No hay red para esta voz que escupe al rostro
de aquel que cubre el suyo con sus manos
cuando el espejo muestra árboles sin raíces
o huecos hondos como las culebras.
La saliva es divina si del sueño
trae despierta a la consciencia, desnuda el alma.
El silencio piadoso que envenena
no saldrá de mis labios a contaminar los oídos.
¿Es castigado el ángel, consumido?
¿Se corta el árbol recto y sano se tala?
El viento trunca la panoja débil
o le arranca su máscara
y la niebla extravía a la alimaña
cuando los ojos visan su alimento.
¿Será la garra inmune al rayo?
¿Acaso no es virtud encadenar los pasos al destino?
Que no se detenga la sangre ni se haga piedra,
que no teman las manos a su génesis.
¿Por qué se sobrecoge el alma limpia que pura vive
si el torrente confía en su pujanza?
¿Es preciso doblarse ante la bruma,
humillar la cabeza ante lo adverso?
Hasta un ángel pervierte el fulgor de sus alas
y el juez únicamente cumple con su labor.

Aguadulce, enero de 2011


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~ por Pedro Ferreira en 10/09/2012.

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