En un hueco de la memoria


Era una persona rara y atrayente que siempre recordaré trapicheando en su corral, lleno de trastos aparentemente inútiles: candados, sierras, tubos, llaves de mil formas, fusiles herrumbrosos, clavos y martillos, lentes que a mis ojos eran milenarios, soldadores de estaño con sus alambres, pinchos de extraer gurumelos, jaulas, focos con sabor a mina y mil otros objetos, cada uno con un recuerdo, cada uno con una historia, cada uno con una escena en la piel, fábulas de la niñez y forja del entramado de una sensibilidad. Hablo de mi abuelo.

Pequeño de cuerpo y fuerte de carácter, con su eterna gorra de fogonero, escondía, en aquellos tiempos además de su ideología comunista, una gran afición por la lectura y una cierta habilidad y gusto por el verso, por la coplilla. Siempre me asombrará el saber que atesoraba alguien que sólo visitó las escuelas populares de los ateneos de la República. Guardaba en una vieja carpeta sus documentos importantes: el recibo de la contribución urbana, la factura de la luz -agua no había, que había que ir con cántaros lejos varias veces todos los días, al pozo del huerto de la Gabina-, la genealogía de la familia, los recortes de periódicos que le enviaba de Francia bien envueltos el tío Juan Manuel, el anarcosindicalista exiliado, recetas para curar el mal de la luna y algunos escritos, generalmente en verso. Lo veo aún sacar aquella carpeta y hacerme la confidencia: “Aquí están los secretos”. También dijo aquello la tarde que salimos, con un fajo de cartas al pinar, a varios kilómetros del pueblo, para quemarlas: “Nadie debe enterarse de esto. Es peligroso que lean tus cartas. A muchos han matado así”.

Yo apenas si aprendía a escribir entonces. Me enseñó él, por cierto. Y a leer. Me gustaba quedarme a dormir en su casa, sobre todo con mal tiempo: lluvia en los cristales, canales llorando, el cielo que tiembla como mi abuela y él poniendo calma. Tras la cena, nos sentábamos al brasero. Mi abuela con su afición al crochet, haciendo colchas, paños, vestidos para convertir botellas de cerveza en muñecos o cualquier otra utilidad de esas. Mi abuelo apagaba la vieja radio y sacaba de la habitación la Obra. Una Obra era una novela, un folletín decimonónico de miles de capítulos y aventuras -ay, Ada o El amor de un pirata. También las Mil y una noches era una Obra. Los libros eran otra cosa, pero eso lo dejaba para él y para otros. Para nosotros sólo existían las Obras. Tomaba, digo, el voluminoso texto y lo abría por donde había puesto aquel papel de liar cigarros. Luego nos leía en voz alta mil hazañas, cientos de amores, demasiadas traiciones, batallas o duelos caballerescos. A veces nos aclaraba la acción o el carácter de un personaje. No es fácil seguir el hilo siempre, sobre todo en la maraña de acontecimientos que se sucedían sin parar. Así hasta la hora de dormir (o de escuchar Ustedes son formidables, el programa de Alberto Oliveras, con su famosa sintonía) que lo tenía muy sensibilizado.

En aquella época todo se pasaba a máquina como hoy todo se escribe en ordenador. Así la solicitud al alcalde para arreglar una pensión como la carta que se escribía a una novia. Era más presentable. No hace mucho removiendo papeles en casa de mis padres y hurgando en los huecos de la memoria encontré un viejo escrito mecanografiado por mi padre que me devolvió al presente una emotiva anécdota. Se trata de un poema en coplillas arromanzadas que escribió mi abuelo para presentarme como maletilla al entonces ídolo del toreo Sebastián Palomo Linares, a la sazón convaleciente en un hospital por una grave cogida. En aquellos tempranos días, recien pasada la mitad de la década prodigiosa, yo había heredado la afición de mis mayores por los toros, hoy tan discutidos. Soñaba con dedicarme a eso y hasta mi padre me fabricó todos los instrumentos: muleta, estoques de madera, banderillas -inocuas, claro, como la inocencia de mis sueños- y hasta un carretón con cuernos para los entrenamientos. He de decir que consiguió que el diestro herido me enviara una foto dedicada que con todo el fervor yo puse, y acompañó mi niñez, bajo el cristal de la cómoda de mi habitación. Aún debe andar en otro hueco de la memoria. He aquí el poema como homenaje a la suya, corrigiendo donde él ponía “Pedrito Ferreira” con su nombre:

Carta de un maletilla
A Palomo Linares.
Para ti, Palomo Linares,
para ti va dirigida,
uniéndome al dolor
de tus tremendas heridas.

Que está en el sanatorio
el rey de la torería,
empitonao por un toro
en un malogrado día.

El que luce en su solapa
la F que merecía
puesta por los Formidables
por tu cordial simpatía.

Tú, que tienes un corazón
como jamás otro habrá,
que de consuelo va lleno
de amor y de caridad.

A la Virgen de la Esperanza
le reza este maletilla
para que te pongas bueno
y te incorpores a tu cuadrilla.

Porque tú te lo mereces
porque tienes sentimientos
y un corazón que no admite
a su lado el sufrimiento.

En Córdoba, en Sevilla,
en Madrid y por donde vas
al prójimo vas dejando
de tu infinita bondad.

Yo quisiera conocerte
no sólo en fotografía
para sacar de mis sueños
tu gracia y tu valentía.

Pero te juro, Palomo,
mis sueños han de llevarme
por encerrados y tientas
para con ellos enfrentarme.

Seguir el mismo destino,
pasar las calamidades,
fatigas, hambre y cansancio
como las pasó Linares.

Sólo tengo siete años
y mi mayor ilusión
son los toros y los aplausos
y con esto sueño yo.

Tengo capote y montera,
tengo estoque y banderillas,
mi gozo es entrenarme
dando pases de rodilla.

De un novillo los cuernos
montados en una bicicleta
que fue muerto por el Litri
en un festival de Nerva.

Así mi infancia la paso
hasta que me llegue el día
que con mis trastos a cuestas
vea cumplida mi alegría.

Consejos sobre mis sueños
suelen darme todos los días
pero convencerme aún
no han podido todavía.

Yo a mis padres les digo
no cansarse que algún día
me veréis que voy en coche
para jugarme la vida.

Y si salgo victorioso
lo tengo asegurado
el que pasees en coche
quitándote del trabajo.

Tengo mis promesas hechas,
si de verdad lo merezco,
es tener siempre a mi lado
al anciano de mi abuelo.

Me da ánimo y valor,
él ha sido aficionado.
Lleva señas en su cuerpo
de haber sido empitonado.

Y a la Virgen d e la Esperanza,
sin echarla al olvido,
le regalaré un manto
que le tengo prometido

Y a ti, Palomo Linares,
cuando deseches un capote,
dámelo, si no lo quieres,
que no tengo pa su importe.

Me despido con abrazo.
Que siga tu mejoría,
que España te vea en los ruedos
rebosante de alegría.
Nerva, primavera, de 1967.

Isidoro Ferreira Antón.
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~ por Pedro Ferreira en 31/10/2009.

8 comentarios to “En un hueco de la memoria”

  1. Un tierno y delicado homenaje, a un hombre que se ve, ha dejado una huella perenne en tu vida. Una visión actual, evocada desde el recuerdo y admiración, de la memoria de un niño que ha quedado fija tras el paso de los años.
    ¡Ves Pedro!, gente como tu abuelo, nunca morirá, se prolonga su existencia en tu memoria, en tus letras formando parte de tu vida.

    Te felicito, por el hermoso recorrido que has hecho, por tus recuerdos.

    Vaya un Bravo para tu abuelo y para ti.

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    • Dejó mucha huella en mí. Toda mi infancia estuvo marcada por su presencia como digo ahí y no pocas cosas le debo de lo que soy y de como soy. Gracias por pasar por este emotivo homenaje.
      Besos desde mi bahía hasta tus montes.

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  2. Uff Pedro, se me hizo un nudo en la garganta, me ha emocionado este relato desde el primer párrafo.
    Gracias por escribirlo, amigo mío, con esa maestría y sensibilidad que te caracterizan.
    Besos, muchos, fuertes como abrazos. Es mi privilegio ser tu amiga.

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    • Me alegra haber provocado tu emoción, querida Liz. Gracias a ti por venir a leerlo.
      Besos ´fuertes como abrazos. Dlb htc.

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  3. De toda esta lectura me queda el sabor de esa descripción tan rica y tan exacta del sentimiento infantil frente a tu abuelo y de esa forma de ser de los viejos, sus pequeños grandes tesoros, bella época con otro tipo de valores y de costumbres, tan diferentes de las actuales, donde no sabemos de qué cogernos para darle un sentido a nuestras existencias.

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    • Gracias, Clara, por tu lectura y tu impresión. Llevas razón. fue una época muy distinta y para mí definidora: me dejó muy marcado en todos los sentidos. Mi abuelo, un hombre especial.
      Besos desde mi bahía.

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  4. Sería dificil poder explicar, todo lo que he podido sentir al leer tan bello homenaje.
    Dibujas con maestría (quizá taurina,jajaja…) esas imágenes que permanecen intactas en el hueco de la memoria y ese, querido poeta, es el mejor legado.
    Mis felicitaciones al autor de esta coplilla y mi admiración para ambos.
    Quizás me extendí demasiado (sin decir mucho) y hubiera bastado con un ¡me emocioné!
    Besos desde mi valle…

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    • Gracias, querida Rosario, por contribuir con tu lectura y emoción a la pervivencia de estos recuerdos. ¿Qué sería yo sin ellos?
      Besos desde mi bahía hasta tu valle.

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