La escuadra o la pólvora


Leyendo debates en foros poéticos de la red sobre la pertinencia de la rima o la libertad en el verso uno acaba cayendo en la esterotipia y visionando al poeta “clásico” como un albañil con metro, escuadra y diccionario en mano y al poeta “libre” como un melenudo sentado en un barril de pólvora.

Sin embargo, esto es un planteamiento confuso, sobre todo si se tiene en cuenta que la versificación más antigua documentada en castellano (Poema del Mío Cid y otros poemas épicos, poesía lírica tradicional…) es totalmente irregular y sin embargo es clásica. Toda nuestra literatura está recorrida por esa vena irregular, al punto de que eminentes estudiosos opinan que el verso libre en español se habría dado igualmente sin la influencia del vesolibrismo francés. No es necesario remontarse a las poéticas orientales para justificar la existencia de esa vena irregular. La influencia mozárabe propuesta ya hace casi siglo y medio por Julián Ribera y demostrada por García Gómez y otros eruditos, se refiere fundamentalmente a las jarchas, que efectivamente son mozárabes. Mozárabe es la lengua, y la gente, pues, y su literatura, de origen latino, como el castellano, el gallego-portugués, catalán, francés, italiano y otras lenguas romances hablada en Al-Andalus, es decir, el espacio peninsular dominado por los árabes en la Edad Media. Es normal que haya una corriente de influencias mutuas, como en toda cultura en contacto (las amerindias y el castellano no son una excepción). Sin embargo, no tiene nada que ver con el castellano Poema del Cid, escrito en el corazón de la Castilla de la época, y toda la poesía épica “amétrica” de los orígenes de la literatura española. La poesía medida vino sólo mucho después con la cuaderna vía de los monjes escritores. El mismo Ramón Menéndez Pidal tuvo que claudicar y reconocer en trabajos posteriores la irregularidad y libertad métrica de nuestros poemas épicos frente a los de otras literaturas. La vida es así: se desarrolla en un eje cronológico donde hay cosas antes y cosas después. Lamentablemente los que acaban su experiencia vital antes no conocen las experiencias de su después. Tal le ocurrió al insigne Don Marcelino, magistral en muchos aspectos, pero sobrepasado ya en la mayoría de sus investigaciones. El mismo Pidal fue víctima de las suyas por sus propios descubrimientos. Y no está mal retractarse del error cuando se demuestra. Eso es signo de sabiduría, como dice el dicho latino. Bibliografía sobre el tema hay de sobra. No niego que haya influencia mutua entre literaturas en contacto. También hay influjo de la literatura francesa, la provenzal, etc. Pero eso no significa que el origen de la polimetría sea el mozárabe. Significa que la poesía épica inicial era polimétrica y sólo se hizo regular luego, cuando dejaba de ser tan popular, lo que no la hace menos bella. En no pocos casos al contrario. Otro ilustre estudioso del verso, el latinoamericano Pedro Enríquez Ureña, demostró hace ya casi un siglo que hay una corriente de poesía irregular y fluctuante en toda la historia de la literatura en español. Por tanto pienso que hacer un corte radical y tajante entre poesía métrica o rimada, como dicen algunos, y poesía libre es, me parece, artificioso.

Para empezar habría que distinguir poesía de verso, ya que la poesía se da igualmente en la prosa y no todo verso es poético. Lo que distingue fundamentalmente la prosa del verso, aunque siempre haya una frontera difusa, es el ritmo, es decir, la repetición cada cierto tiempo (en el recitado) o espacio (en la escritura) de ciertos patrones: la cantidad de cada grupo fónico, los sonidos, la entonación, la intensidad fonética de ciertas vocales, las ideas, las imágenes…

La versificación llamada clásica se distingue fundamentalmente de la libre en que esas iteraciones se basan predominantemente en fenómenos fonéticos y están repertoriadas en fórmulas más o menos fijas, si bien cada época las reformula y las hace evolucionar. Recordemos sin ir más lejos que el endecasílabo, como los ortodoxos de la métrica lo exigen hoy día, no existía en la poesía en español antes del siglo XVI o que en los comienzos del XIX se hacían combinaciones estróficas impensables apenas cincuenta años antes y totalmente criticadas por la ortodoxia crítica de la época como si fuera antiverso.

Sin embargo se tiene la tentación de meter en el verso libre cualquier escrito -así sea prosa pura y dura cortada en trozos más o menos largos- que no rime y en el verso clásico a cualquier cosa, así sea un ripio, que rime. La lectura atenta de los poemas clásicos y de los poemas libres demuestra que esto no es así y es un reduccionismo simplista y excesivo. Para empezar está el problema de la cantidad. Todo verso (como todo párrafo, por otro lado) tiene una cantidad, medida en sílabas en el caso del español. Esa cantidad se puede repetir bajo patrones más o menos regulares y es eso lo que da, parcialmente, el ritmo. En la poesía libre también se da (excepto en la modalidad de versículo mayor), sólo que la combinación es más polimétrica y menos sujeta a patrones. Pero estos también existen, si no mídanse los versos de Juan Ramón y se verá con qué regularidad se presentan versos de cantidad impar como en la silva clásica.

Por un lado, hay que desterrar la idea falsa de que el verso libre es “expresar lo que te sale como te sale”. Eso es comunicación espontánea simplemente, pero no necesariamente poesía y mucho menos verso. Un poema libre no es tan libre como pueda parecer. A menudo se piensa que por libre se entiende decir lo primero que se ocurre y como se ocurre, y en efecto se ve a menudo eso en muchas partes. Que alguien tenga la libertad de escribir lo que quiera y como quiera no hace de eso un poema y menos un poema libre. El verso libre también tiene sus reglas y no consiste en cortar un texto en líneas más o menos regulares. Necesita un ritmo, sea fónico o semántico o ambos. Y la distribución de la medida, los acentos, de imágenes, de apareamientos y aliteraciones o asonancias no es caprichosa, sino que responde a claras intenciones comunicativas, claves para el sentido del texto. Esto incluso cuando se trate de escritura automática o experimental, y es, en definitiva, lo que hace que el poema esté mejor o peor compuesto, como, por otro lado, no todo poema que responde a unas reglas estrictas representa un verdadero texto poético.

El poema libre tiene sus reglas para ser poema, su código, exactamente igual que el poema llamado “clásico“. Por cierto que hay poemas libres rimados. Lo más importante es, empero, que los códigos de ambos tipos de verso son bastante comunes, de ahí el absurdo de hacer una separación tajante entre ambos. La métrica se basa en fenómenos fonéticos presentes en la lengua y la lengua es la que es. Las palabras son las que son y se combinan como se combinan, eso para la poesía “clásica” así como para la “libre”. Técnicamente es tan “difícil” escribir un poema clásico como un poema libre. Los recursos son los mismos, la misma temática y los mismos contenidos. Es más bien una cuestión de elección dentro de las virtualidades que ofrecen los códigos que usamos, el lingüístico y los poéticos. El poeta clásico, sin renunciar al ritmo de imágenes o semántico da preeminencia al cuantitativo, al acentual, a la rima y al estrófico en fórmulas más o menos fijas, mientras que el poeta libre prescinde de uno o varios de estos ritmos o crea sus propias fórmulas. Es paradigmático el verso libre de Lugones que sólo conserva la rima y da libertad a todo lo demás. Pero libertad no significa que los versos no están medidos (todos miden) y que no existe una distribución acentual (las sucesiones entre tónicas y átonas son las mismas que en un verso “clásico” y regidas por las mismas leyes de sintagmatismo fonético). Unamuno, en cambio, en su primera etapa abominaba de la rima y sin embargo mantenía escrupulosamente la cantidad y el ritmo acentual. Pero en su Cancionero se expresó a la inversa. La gran mayoría de los poetas modernos, incluso en la época de las vanguardias, usa ya el verso libre ya el verso clásico dependiendo de los contenidos a transmitir. Se podría decir que la supresión de uno o más de los elementos rítmicos debe ser automáticamente compensada con el uso de los otros: de ahí por ejemplo la abundancia de paralelismos y enumeraciones en el versículo mayor.

Se justifica la valoración estética de ambos tipos acudiendo al subjetivismo, tanto en la escritura como en la lectura. Sobre el subjetivismo habría que distinguir el proceso de génesis del de recepción del texto poético. Va de suyo que cualquier texto, poético o no, tiene una finalidad comunicativa (otra cosa es que la alcance) y por consiguiente tiene expresión y contenido, como el lenguaje corriente por otro lado. En un texto poético sin embargo, además de contenidos temáticos e ideológicos, la misma forma poética se convierte en contenido. Por consiguiente en el texto literario y en el poético en particular toda expresión forma parte del contenido: nada es inocente en un poema – y en la escritura en general estaría por afirmar-, así sean fenómenos fonéticos como la rima o las aliteraciones, como artificios retóricos (anáforas, paralelismos, couplings…) o semánticos (metáforas, símbolos, visones…). Todo sirve para transmitir contenido y el contenido que se transmite no sería el mismo con otra forma. Eso posibilita que un contenido universal como puede ser “te amo” o “la naturaleza es bella” dé lugar a infinitos poemas, por ceñirlos a la poesía, que es lo que examino.

Obviamente en el proceso de escritura interviene la subjetividad. Yo veo las cosas como yo las veo, las siento como yo las siento, percibo como yo percibo, incluso aunque mi “yo” percibir, ver o sentir se amolde a formas generacionales, nacionales o grupales. Siguen siendo subjetivas. La valoración que del texto hace el lector, obviamente se concreta en los mismos parámetros y puede quedarse simplemente ahí. Sin embargo, sí se puede realizar una lectura objetiva: la que se base en interpretar el texto en función de los diferentes códigos empleados en construirlo. Es decir, reconocer que un determinado recurso poético, una rima consonante entre dos términos o una aliteración del sonido /s/, por ejemplo, en un poema dado contribuyen decisivamente a expresar lo que el autor expresa. Ese tipo de examen previo no es subjetivo y sí es imprescindible para una valoración completa -subjetiva al fin, cierto- del poema.

Se recurre con frecuencia, como se puede leer en esos debates, al criterio de autoridad tanto para la defensa de lo “clásico” como para la de lo “libre”. Unos citan a Aristóteles, Ovidio y los tratados decimonónicos de retórica y poética y otros aluden a los manifiestos vanguardistas o a las teorizaciones de sus representantes principales utilizándolos como antagonistas como si se tratara de una especie de guerra civil en el mundo poético. Naturalmente todo evoluciona. No creo que sea cuestión de citar a toda autoridad que ha escrito un tratado de poética. Explicar hoy día la poesía basándose en Aristóteles, aun valorando sus afirmaciones en su contexto, es como intentar explicar la física cuántica basándose en Pitágoras, por más que ciertos fenómenos respondan bien a sus ideas. De hecho, cualquier tratado de crítica literaria o de lingüística, parte de ahí pero no se queda ahí. Como cualquier tratado de matemáticas hace referencia a Pitágoras pero como un ilustre antecedente. Yo no soy especialista en física, ni cuántica ni tradicional; aunque fuera buen estudiante de Ciencias me incliné por el Latín y el Griego. Pero sí tengo cierta cultura general y un poco de sentido común. Sin entrar en grandes teorizaciones sobre la ciencia como objeto científico es evidente que todo progreso científico se basa -y cuestiona- el conocimiento anterior. Si no fuera así estaríamos aún en la Edad de Piedra. Claro que la lógica polimodal no existiría sin la lógica aristotélica, ni la matemática de Venn tendría sentido sin Tales, como no estaríamos ahora mismo discutiendo esto sin el tam-tam de nuestros antepasados africanos de hace miles de años ni escribiendo esto sin la escritura sumeria. Pero no por ello escribo en tablillas con punzón ni en jeroglíficos. La ciencia pura no creo que exista. Todo evoluciona y en todo se avanza. Y todo está interrelacionado. La verdad, incluida la de Aristóteles y la de Ovidio, pertenece a un contexto, como la de Huidobro, Vallejo, Mallarmé o Eliot o como la mía y la de todos, y es válida hasta que alguien la cuestiona, que por otro lado no está mal, es legítimo y es como realmente avanza el conocimiento, hasta el poético. Y no es tratarlos con irreverencia. Simplemente señalo que su conocimiento era limitado a su tiempo y su experiencia. Probablemente menos dogmático que el de sus seguidores de siglos posteriores.

La crítica de Huidobro al verso rimado y medido es en cualquier caso la de uno de los más grandes poetas de lengua castellana de todos los tiempos universalmente reconocido (por cierto como García Márquez lo es en la narrativa, sin quitar mérito a otros). He de decir que de la misma opinión era Unamuno antes incluso que él y sin embargo todos conocemos magníficos sonetos del maestro salmantino. Por cierto que Unamuno, como Rubén, Jaimes Freire, Silva, Lugones y Juan Ramón escribían en verso libre allá por la década de los años 10 del siglo anterior y antes. De hecho ya Rosalía de Castro tiene poemas en verso libre.

Respecto a Neruda, basta leer su obra para darse cuenta de que no sólo son vestigios, sino de que además de un gran poeta es un gran versificador. Sin que se pueda hablar de versolibrismo antes del Modernismo, como he dejado dicho más arriba el germen está ya en la poesía tradicional de la Edad Media y recorre toda nuestra literatura. En cuanto al verso blanco está admitido como clásico y no se considera, pues, verso libre, si bien es un ejemplo de que prescindir de una de las características rítmicas del verso no lo destruye como tal. Si esto vale para la rima ¿por qué no ha de valer para otros de los ingredientes del ritmo? Hasta hay poetas que imitan, Rubén, por ejemplo, los metros grecolatinos (verso libre de cláusulas).

Los famosos versos de Neruda, que se citan de memoria así:

“Me gustas cuando callas
porque estás como ausente;
y me oyes desde lejos
y mi voz no te toca.
Parece que los ojos
se te hubieran volado;
y parece que un beso
te cerrara la boca.”

son heptasílabos que dispuestos originalmente forman alejandrinos en fórmula estrófica –A–A. Hay métrica, pues. Si se conservara la disposición alternativa en heptasílabos ¿tendría menos valor el poema globalmente considerado porque parece que no hay rima? El poema, como me gusta decir, romo, por la ausencia de rima, no implica poema sin ritmo (la medida uniforme de cada verso crea ya ritmo, en este caso hemistiquios iguales). Incluso las aliteraciones y las asonancias esparcidas a lo largo del mismo, tan criticadas por algunos ortodoxos del verso libre, que también los hay, contribuyen del mismo modo a la literariedad del texto, pero no son la clave o punto angular del poema.

Por poner otro ejemplo. ¿Estos versos de Jorge Guillén (Primavera delgada en Cántico) superarían el apto de un foro de clásica?:

“Cuando el espacio sin perfil resume
con una nube
su vasta indecisión a la deriva
-¿dónde la orilla?-
Mientras el río con el rumbo en curva
se perpetúa...”

Seguramente no, pues son versos libres. Sin embargo, nadie pondrá en duda a estas alturas la calidad de Guillén (¿o sí?), como nadie puede poner en duda la maestría métrica de esos versos (pareados asonantes de endecasílabos y pentasílabos alternos, que actúan como pie quebrado). Como tampoco hay nada que reprochar a este poema clásico (Además, también en Cántico) en endecasílabo blanco:

“Júbilo al sol. ¿De quién? ¿De todos? Júbilo.

Un sonreír ya general apenas
de relumbre y penumbra se distingue.
Facilidad de acera matutina,
deslizamiento de los carrüajes
sin premura hacia un fondo de gran Mayo...”

Los instrumentos métricos son los mismos en el poema libre y en el clásico. En el libre hay rima. En el clásico no hay rima (las asonancias que encuentro son casuales y a demasiada distancia como para causar ritmo). La libertad está en la elección del poeta para el contenido que quiere expresar de una forma o de otra, de unos recursos o de otros. ¿Y qué decir del Lorca de Poeta en Nueva York? ¿Es menos poeta que el del Romancero Gitano? Francamente no lo creo. Solamente usa recursos distintos en función de contenidos y estrategias comunicativas distintas, pero igualmente válidas y de igual altura poética. Los códigos usados, son por lo demás bastante comunes. Esto por sólo citar unos cuantos autores muy conocidos y reconocidos. De hecho toda época y en general todo autor se propone romper y superar los modelos existentes (incluso los creados por él mismo). Los que no, caen en el estereotipo y la subliteratura, que también abundan en todas las épocas (y también en todos los foros). Toda creación es por naturaleza subjetiva; la narrativa también lo es, en tanto que es expresión individual. Eso no obsta para encontrar objetivamente, tanto en la prosa como en el verso, calidad literaria. Todos los autores citados, subjetivamente nos gustarán más o menos, pero son objetivamente Clásicos de la literatura. Tampoco creo que sea el debate cuestión de “esencia” versus “existencia” ni de si la “belleza” es atributo. En cualquier caso podríamos decir, eso sí, que “el poema en síES y que una de sus cualidades es la belleza.

Si cito a los autores que cito es por ceñirme a ejemplos reconocidos objetivamente. Por formación y por gusto, no me constriño a tan breves “autoridades”. Admiro igualmente a Garcilaso o Quevedo que a Dámaso Alonso o a Blas de Otero, a Virgilio o Dante que a Elitis o Borges y a tantos y a tantos. Pero yo digo lo que digo y que resumo en estos puntos:
1. No hay diferencia tajante entre verso libre y verso “clásico”.
2. No es mejor un tipo que otro.
3. Ambos se sustentan en mecanismos lingüísticos similares y en códigos muy comunes.
4. Ambos tienen “reglas”. El seguimiento de las reglas no implica calidad poética en ninguna de las modalidades.
5. Un poema implica un trabajo poético tanto en expresión como en contenido. El trabajo poético supone dificultades técnicas que el poeta logra superar en cualquiera de las modalidades.
6. Rimado no significa clásico, como romo no significa libre. Hay caminos intermedios.
No parece pues que el poeta -ni el lector en su gusto, que es su imagen- delinee sus versos simplemente a escuadra y cartabón como tampoco exclusivamente encienda la mecha para incendiar el edificio clásico del verso.

 

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~ por Pedro Ferreira en 28/09/2009.

10 comentarios to “La escuadra o la pólvora”

  1. Hola, Pedro: apenas volví hoy a leer tu respuesta. Gracias. Entonces, tú dices que tanto el verso libre como el clásico tienen reglas. ¿El arte tiene reglas? A veces pienso que en el apartarse de las reglas radica la posibilidad de innovación. ¿Tú qué piensas?

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    • Gracias, Clara. Perdona la tardanza en la respuesta. Así lo pienso yo. El arte es un sistema de comunicación y como tal construye mensajes y usa herramientas y códigos. Sería largo exponer por completo como funciona un sistema semiológico y hay literatura relacionada de sobra. Pero en primer lugar usa de la lengua que ya es un código con sus reglas. La española tiene las que tiene (si bien se puede postular como hace Chomsky y tanta gente que todas las lenguas responden a esquemas universales) y el que escribe no puede prescindir de ellas. La construcción de un poema, libre o no, responde a una codificación también y el poeta realmente lo que hace es elegir entre los procedimientos que los distintos códigos que usa ponene a su alcance. La innovación en efecto viene de donde dices pero el margen de maniobra es siempre limitado por el código que se usa. Quizás un caso emblemático sea Huidobro que lleva al límite la experimentación lingüística y conceptual.
      Besos desde mi bahía.

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  2. Excelente exposición de lo que es verso libre y poesía clásica, la rima, la métrica… ha sido muy esclarecedor; muchas gracias, Pedro. Un abrazo.

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    • Gracias a ti, Orfe, por venir a leerlo. Me alegra que te haya sido útil.
      Un abrazo mediterráneo.

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  3. Es un trabajo espléndido poeta. Ameno, puntual, inteligente.
    Te aplaudo y te admiro.
    Besos muy fuertes, como abrazos,

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    • Gracias, Liz. Me alegra que te lo parezca así. No soportaría fabricar ladrillos, jejeje.
      Besos, fuertes como abrazos para ti.
      Desde la bahía.

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  4. Mi querido Pedro, me pongo de pie ante tu maravilloso análisis, eres un MAESTRO, GRANDE ENTRE LOS GRANDES, POETA. Qué orgullo tenerte de amigo.
    Mis besos para ti, mi respeto y admiración.

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    • Jejejeje, qué exageradaaaa… Pero me gusta que te guste. Siempre viene bien un baño de autoestima. También es un orgullo para mí, ya lo sabes.
      Besossssssssssssssssssssssss…sssssssss.
      Desde la bahía.

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  5. Pedro, me surge esta pregunta: ¿Cómo catalogas tú a la poesia, como un arte?

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    • Así es, Clara. Para mí es un arte más, equiparable a la pintura, la música… Aunque desde antiguo se ha discutido sobre si arte o artesanía, otra discusión para mí inútil, ya que todo arte supone una labor, una manufactura. Lo que cambia es el material del obrador y las herramientas.
      Besos desde la bahía.

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