De libros y una biblioteca


Desde pequeño tengo una obsesión: los libros. No sólo los hice protagonistas de mis estudios sino que los convertí  en casi centro de mi universo. De un modo u otro puedo decir con verdad que han sido mi permanente amor, el único fiel y durable, resistente a todos los cambios y a todas las tencnologías, incluída esta que utilizo para expresarme ahora. De niño guardaba con escrupuloso celo la insignificante paga con que mis abuelos o mis padres o algún otro familiar o vecina podían obsequiarme los domingos hasta reunir la cantidad con que poder adquirir un libro. Aquel era un día grande. Más grande era el día anterior. Por la excitación casi sexual que me tomaba. El rito era siempre el mismo. Escapada en la tarde, tras el colegio y los deberes, a las dos librerías del pueblo. La vetusta y honorable del venerable y ya muy mayor Don Horencio, toda una institución en el pueblo, allá frente a la iglesia -lejísimos en la época para mis pasos infantiles- y luego a la moderna y variada que regía Doña Elvira, casi igual de lejana pero más céntrica y conocida por la labor que se desarrollaba en su trastienda, la Imprenta. Podía pasar horas manejando libros. Muchos para mí en aquellos momentos, aunque hoy habría de confesar que se reducían a poco más de una veintena de títulos si excluyo las novelas del señor Lafuente Estefanía y las de una joven Corín Tellado con las que pasaba mi madre su tiempo libre. Los miraba y remiraba y ya de vuelta a casa la cabeza era un hervidero. Pasaba toda la noche meditando y en creciente ardor, como un adolescente sueña con la chica que le gusta. Evaluaba las posibilidades y finalmente me decidía por una de las obras expuestas en los anaqueles visitados. La experiencia acababa al día siguiente con la compra del libro y su posterior lectura.

Este amor por los libros lo he mantenido toda mi vida de forma que rara vez se me ve sin un libro en la mano o bajo el brazo. Y esto no sólo cuando estoy en casa, con libros por doquier, o cuando uso los libros para mi actividad profesional, ligada siempre de un modo u otro a ellos, sino también en momentos y situaciones en las que el común de la gente no habría dudado en calificarme como de loco o lunático, profesión desde Cervantes por cierto ligada a la lectura. Pero eso lo contaré tal vez en mejor ocasión.

Comentábale yo un día a una amiga y antigua colega de estudios, dedicada a la actividad bibliotecaria en su vida profesional, mis necesidades bibliográficas unidas a mi escasez presupuestaria, cuando le surgió espontánea y naturalmente la alternativa: la biblioteca municipal. No sin reservas y prejuicios -no es lo mismo un libro propio que uno prestado- y pasado un tiempo, como antaño, de excitación con la idea, valoré que quizás se trataba de una buena alternativa y una buena solución: en definitiva, también es excitante tomar a la mujer del prójimo, ¿cierto? Decidido, busqué en la web la situación exacta del edificio y planifiqué el día y hora del evento. Tras muchos años volvería a pisar el suelo de una biblioteca, ahora ya una biblioteca del siglo XXI: con web propia, catálogo informatizado, con novedades editoriales y sobre todo con los títulos que estaba necesitando, nada complicado, una simple antología de la poesía trovadoresca y un estudio archiconocido sobre la versificación irregular en castellano. Estaba cerrado. No abrían ese día. Repuesto de ese pequeño golpe a mis ansias volví al día siguiente. Aquí extracto la carta que le escribí a mi amiga contándole mi experiencia:

“No sé si te conté que me asocié a la biblioteca local, quizás animado por alguna conversación contigo. La rige un señor de mediana edad. Algo así como yo, si bien de aspecto mucho más acomodado al sillón que ocupa. Los libros que se devuelven los coloca en un carrito como los de los supermercados. El local es muy amplio. La sala es una dependencia espaciosa y muy cómoda en luminosidad y temperatura. El aire acondicionado reina allí casi con más soberanía que el funcionario que la preside. Pero me decepciona de forma terrible. Y no por no tener acceso a búsquedas informatizadas -el ordenador de allá se muere de aburrimiento en una siesta permanente- ni por el farragoso trámite burocrático que supone sacar o entregar un libro: el señor debe anotar manualmente todos los datos en diferentes fichas que manualmente debe luego ordenar en unas cajitas de madera al efecto, una por lector y otra por texto, que debe seguir cumplimentando al regreso del volumen. Tampoco me llama la atención la escasez de libros relacionados con los temas que me interesan, como la poesía o la literatura en general, que quizás estén en proporción a los que numéricamente se encontrarían en las estanterías de cualquier librería estándar. Lo digo más bien por el desorden, que también reina aquí como el señor desocupado o el aire acondicionado. El uso de los ficheros manuales es tremendamente complicado. No dudo un instante de que las fichas están correctamente cumplimentadas. El problema es la organización. Primero se separan los libros infantiles de los no infantiles, cosa de la que hay que ser capaz de apercibirse. Más tarde se hacen separaciones por géneros. A este efecto se separa la poesía y el teatro -luego comprobé que en el mismo lote entraba también otro cajón de sastre sin nada que ver con el verso o la escena- de la “Novela”. Aquí entiendo que novela es prosa y que prosa es cualquier cosa que no es verso. Amén de estas clasificaciones existen clasificaciones geográficas. Así hay un fichero “Andalucía”, donde imagino que se ha metido cualquier cosa. En fin, no encontré un fichero para buscar por el nombre de un autor ni un fichero para buscar por el título de una obra que me interesa y que suponía que debería estar allí. Al desconcierto de no saber encontrar un libro en los ficheros manuales tengo que añadir el desorden de las estanterías. Es cierto que los niños suelen desordenar por naturaleza. Pero el señor del reino bien podría poner un poco de orden en sus dominios de vez en cuando y sacar la Historia de Andalucía que alguien, seguro que con buena intención, colocó entre los ejemplares de las obras completas de Juan Ramón y devolverla a su rincón, que seguro ocupó otro desheredado. Lo más lamentable no es el aparcamiento en doble fila en las estanterías del rinconcito “Poesía” o del múltiple “Filología, Lingüística-Literatura”. Lo que da verdadera pena es la falta de un criterio. Ver por ejemplo los libros de Juan Ramón juntitos y no desperdigados por las diferentes baldas.  También da pena en lo que se ha convertido disciplina tan humanista como la filología donde no sólo caben los libros sobre comentarios de textos o de ortografía para estudiantes sino que sirve para catalogar todo lo no catalogable. Así encontramos allí libros de viajes, encontramos narraciones especulofilosóficas de Paulo Coelho, críticas a la modernidad o ediciones raras de libros raros, colecciones de artículos periodísticos y otras hierbas. Esta metáfora de la profesión a la que dediqué mis años de estudio me ha hecho daño. Porque me veo en el espejo: una profesión que sirve para todo menos para lo que inicialmente fue diseñada, como las baldas que le corresponden en la biblioteca de mi localidad. Tras no encontrar lo que buscaba, me fui con mi cuento a otra parte. El señor del reino siguió feliz en su trono, contemplando -sí, porque sólo hay fotos en tales revistas- una revista de modas.”

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~ por Pedro Ferreira en 12/08/2009.

6 comentarios to “De libros y una biblioteca”

  1. Ya había estado en esta biblioteca
    y lo que no entiendo es ¿ porqué no dejé mi huella ?.
    Hoy estuve husmeando ( es lo mío,jeje )
    y la encontré de nuevo ¡ sigue encantadora ! igual que su autor.
    Besos desde el valle…

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    • Gracias, querida Rosario, por psar de nuevo por la biblio. Me alegra que te siga gustando. Yo, ya sabes que vengo tarde y a destiempo. Pero al final vengo.
      Besos desde la bahía hasta tu valle.

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  2. Como suele decirse, hay otros mundos, pues lo mismo, hay otras bibliotecas…..

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    • Jejejeje, gracias, Francisca. Sí y afortunadamente muchas apuntan ya al 2.0.
      Besos hasta tu nube desde mi mar.

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  3. Pedro amigo de mi alma, tu espacio es mágico. He volado con tus palabras, reflejo de lo maravillo y único que eres.

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    • Jejejee, buena conjunción: tú, bruja; yo, mago. Me alegra que te gusten mis versos, amiga del alma.
      Besos desde la bahía, llenos de eses.

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