Libélula

•29/06/2015 • Dejar un comentario

Para Pacho.
 
La pequeña libélula
que se mece en mis días
ha saltado en la tarde
con reguero de alba.

¿Quién, sangre de mi sangre,
levanta un hueco negro
en los pliegues del alma?

¿Quién, lucero de risas,
roba a la flor el labio
que en mis brazos dormía?

Y saltará en la tarde
la pequeña libélula;
con reguero de alba
se mecerá en mis días.

Albox, 20 de junio de 2013.


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Pedazos

•06/05/2015 • 2 comentarios

Árbol

“[…] ronge avec sa dent maudite
notre âme […].”
Charles Baudelaire
Escucho las mentiras del amor
a la luz de la luna
mientras un gato maúlla a lo lejos
y la sierpe se esconde tras la esquina.
El amor tiene forma de gusano
desde sus genes.
Sin llamarlo ondula vil por la piel
y horada el pecho y del alma se nutre.
Crece en el corazón
saboreando su triunfal camino
sin atender al gallo mañanero
que aires de muerte pregona a los ojos.
La rata se oculta tras su estandarte
antes de amanecer
y la lechuza olvida sus legajos
al pie de las raíces de su olivo.
El reptil se relame entre las piernas
antes de atacar sin aviso previo:
el fuego consumirá las estrellas
como el verbo impío roe ya el alma.
Con pinzas en las ramas de los árboles
colgarán los jirones del aliento
perfumado de helminto.
El mar llevará con él los pedazos.

Retamar, marzo de 2008.

Helminto

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Errante

•24/02/2015 • Dejar un comentario

Espírito Errante, DJEINY_MICHA.

Para Gorka S., alma amiga y nómada,
a imagen y semejanza.
“Je rencontre toujours,
hors de moi comme en moi,
l’irremplissable Vide,
l’inconquérable Rien”.
Valery Larbaud
Un camino. Un camino en el desierto de las estrellas,
un camino de sangre
en el reguero gris de polvareda.
Palabras y solo palabras. ¿Dónde
queda vagante la verdad del verbo?
En la pasión del lago el labio yace
y sus venas invitan a la muerte,
al sueño de la vida que es la muerte,
que es sueño, que es niebla que se deshace
entre los nudos laxos de los dedos.
Del aire macilento de la noche,
amarga noche y gleba sin simiente,
los huesos del destino llueven noche
y canto de sirenas en el puerto.
Ulises que pasea por los acantilados del infierno.
Ulises agotado sobre el piso,
deshecho en polvo del camino, roto.
Un barco que se estrella entre los sapos
que cantan a la luna.
Ojos de Ulises, profundas tinieblas,
naufragado entre versos,
perdido entre besos ausentes y aire.
Camino que se estrecha en la montaña,
abismo glauco que asciende en la bruma
del río desbocado de la verdad a tientas.
Atrapado en el éxodo,
aunque lo niegues, náufrago, en tus olas.
Ayer, Ulises, se hizo tarde
y la hiena ríe a lo lejos
de tu desesperanza.
El verbo se quema en la propia hoguera
bajo las estrellas. Sin rumbo, el mar.
Quema el verbo los labios,
se ulcera el alma,
se llagan los ojos,
como el nenúfar sufre en el estanque
numerando las huellas del deseo.
Playas llenas de conchas que al mar vuelven.
Un alto en la vereda de la noche
para oír el murmullo del vacío,
constelación del camino de vuelta.
La arena se desploma por los versos
y el corazón se hiela de veneno.
¿Te hundirás, Ítaca, antes de mi arribo?
¿Dónde estás Barataria, isla famosa,
dónde los clavos donde sujetarme,
en qué escarpada altura?
Muerte, ven y acúname, ven y méceme
que me duerma en tus brazos de vida,
que sueñe. Corrige el curso del cielo
y devuelve el agua a mis secos labios.

Aguadulce, enero de 2009


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Reprensión

•11/10/2014 • 2 comentarios

Para mi padre.
“… et tabernaculum impiorum non subsistet.”
Liber Iob, 8:22.
No comprendo por qué, hermano, te resistes:
la pasión nada puede contra el rayo.
No viste hormigas calcinadas, huesos en el camino
o los jarales de la umbría yermos,
escapó de tus ojos el torrente vacío.
Te tocó la miseria en las raíces.

Manos manchadas de tinta y pecado:
pon el agua en tus dedos
que los tiña de aurora y de rocío,
mide el labio del verbo.

No pises el temor debido a la ley
y el aroma de adobe brotará
ante ti, lejos de las amapolas.
Con pies antiguos pateando el lodo,
levantarás tus huesos en la sombra
y tus ojos verán el haz de trigo.

Todo jardín pulido tiene fin, días contados,
con el muñón de hielo o sol disuelto como la sal.
Ni el viento fuerte es una roca enhiesta sobre tus brazos
aunque sientas su abrazo en la cadera, trenza ondulante.
Y el mármol pervertido del palacio astilla es
cuando el arcángel hiere la corona, polvo amarillo.

¿Soñar un mundo donde el reo es juez? ¿Caballos en el mar?
La fusta se refleja en los espejos si el sueño no es sopor.

Aguadulce, febrero de 2012

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Venid

•27/06/2014 • Dejar un comentario

Craesbeeck



La hidra verde posó sus tentáculos sobre mi cabeza blanca
y el cerdo nos miraba curioseando
mientras hacíamos el amor bajo las ramas del sauce
bufando entre las cerezas
que caían sobre la alfombra azul llena de mar.
Cuando el dios Eolo sopló en su alma
borrando toda huella de la caza de Diana
mientras la luna danzaba macabra
con su velo de tul violeta alrededor del sol,
una luz difusa en noche velada por los grados
de una botella regada por el Ródano
y humeada por miles de cigarrillos asesinos
se extendió por los vidrios rotos en las sombras.
Cuando los bytes callaron.
Cuando el amarillo del verano se extinguía.
Venid a mí, monstruos del averno,
y disfrutad conmigo del mal.
Oh, sierpe, hija de Cronos, que disfrutas
destrozando las ramas del manzano
mientras frotas tu vientre abultado de hijas
contra la piel del desencanto y la tristeza.
Y la anémona solitaria que busca inútilmente
quedar preñada de sueños en las calles
soñolientas de ternura y barro.
Y ese mariscal que desciende las escaleras
pensando en el tercer círculo, sin guía,
con la lengua lamiendo las láminas desnudas
del clítoris de Afrodita, mármol frío de la muerte.
Venid, venid y danzad conmigo, amigos del mal.
El frío de la navaja roja se hunde en mis entrañas.
Venid, no me dejéis solo entre la niebla.
Venid y danzad entorno al fuego que me consume.
Venid,  danzad  mientras el teléfono rojo no suena,
mientras el prado se oscurece por el pincel del destino,
mientras el agua brama contra la arena
y arrastra las conchas vacías al vacío.
Mientras el alma se desnuda y se ofrece
como hetaira con lecho y lámpara,
mientras se ofrece el silencio
en el ara de la nieve otoñal recién estrenada.
Ven, Luzbel transformado, y hazme el amor.
Ven a mí, pequeño amorcillo, compañero,
que en el arpa solitaria del rincón oscuro
dejas la melodía de la quimera del deseo
y baila esta danza que quema los labios,
que orgasmea enfrente del líquido
que se derrama de su sexo.
Silencio, sí, silencio. Silencio en sol mayor.
En luna baja, en semitono de rayo que se difunde
por las aceras y los tejados de la ciudad.
Y  el rojo. El rojo que viene a mis labios
como una carta de amor sin firma.
Anónimo. Letras cifradas que se esfuman
entre los dedos de la hidra que corta el aire
y las aguas enturbiadas por las ranas del estanque
que bucean en el fango del alma.
Proceso la información del cóndor que vuela
libre en las montañas del altiplano:
una alondra muda la piel cada hora, 
cada rama, cada ola, cada tiempo del diapasón de la vida,
cada arpegio de cielo, cada nota, cada fonema,
cada palabra, cada mariposa que vuela
entre los juncos del espejo.

Retamar, septiembre de 2007.

Yacek Yerka


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Soledad

•23/06/2014 • Dejar un comentario

Ni una nube



Ni una nube en el cielo,
llueve una soledad que abrasa el alma.
Eres tú la palmera en mi desierto.

Retamar, marzo de 2008.

Tumba de la XIX Dinastía, Deir el-Medina


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Recordando a Blas: Un verso rojo alrededor de tu muñeca

•22/06/2014 • 2 comentarios

                           Un verso rojo alrededor de tu muñeca
Después del viento y la palabra pronto
viene la nieve
                   cae
poco
a
copo

he aquí   la realidad
el campesino colorado Cuenca
de dos o tres o trigo sobre el hambre

Vienen papeles cartas
                       van
a sepultarme van a sepultarme
a mí
me llena el sol
             la plaza
donde los hombres miran fuman parlan

Hablar:
palabra viva y de repente
           libre

Horror al diablo blanco
el verbo helado
las sábanas de hilo holandesa
donde la pluma monta las palabras

A mí
tu manera de andar por la sonrisa
ese
je t'aime entre la sombra susurrándose

Hija
rodea el brazo
moja los ojos en el duro oficio
de Nazim

             Clara y libre
brille una cinta roja entre cadenas

Blas de Otero, En castellano, en Con la inmensa mayoría, 3ª ed., Biblioteca clásica y contemporánea, Editorial Losada, Buenos Aires, 1976, pp. 166-167.

Blas de Otero

Sfumato

•10/09/2013 • Dejar un comentario

Escritura en tu piel


Tu deseo se esfuma
como la flor se seca en el jarrón.
Sólo resta la niebla en el recuerdo.

Retamar, marzo de 2008.

Ojos


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Tres presentes

•31/05/2013 • Dejar un comentario

Escritura en tu piel


Como el fuego eres útil:
cuando te pienso el corazón deshiela,
perfume en tus esquinas.

Aire, como aire líquido:
sólo aire entre tus labios y mi beso,
escritura en tu piel.

¿Bronce y plata se juntan?
Multiplicar belleza por Belleza,
adorno en el deseo.

Almería, diciembre de 2007.

Ojos


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Sin proyecto

•17/03/2013 • 2 comentarios

Sin proyecto

El llanto del bebé la sacó de súbito de un sueño profundamente placentero. Le costaba abrir los ojos, se resistía a abandonar las escenas de placer que su subconsciente había elaborado, se aferraba a ese último sopor que nos retiene en un mundo aparte. Inútil resistencia, el bebé no paraba de llorar. ¿Qué hora sería? ¿Cuánto había dormido? ¿A cuánto estaba de la frontera? Se interrogó aún sin abrir los ojos. Llevaba más de 10 horas en el autobús excluyendo la pequeña parada en un bar de carretera para comer. Al otro lado de la línea que separa en el mapa los dos países la esperaba su sueño, Albert. Hacía meses que no se veían y esperaba con ansiedad el reencuentro, ansiedad que no era inocente del todo en la humedad de su reciente sueño.

El autobús seguía con su ronroneo interrumpido tan bruscamente por el pequeño desconsolado. No recordaba haber visto ningún bebé en los asientos próximos. Seguramente serían viajeros que habrían subido recientemente al bus. La plaza contigua seguía desocupada pues su laso cuerpo la tenía parcialmente invadida. Finalmente se decidió a abrir los ojos. El llanto había repentinamente cesado.

Su mirada impactó de golpe con unos labios que succionaban casi con violencia un enorme seno de ébano. El pequeño tenía los ojos cerrados y la mano agarraba con fuerza la camisa de vivos colores de su madre. La africana lo miraba con media sonrisa de miel que derramaba todo su amor en la escena.

Se turbó un poco e intentó mirar por los vidrios del autobús. Las primeras luces del alba se adivinaban en el horizonte. A lo lejos se divisaban pueblos o aldeas dormitando en la espesura de la noche sobre el lienzo del valle. Entre dos espectros de montículos lejanos, sus ojos se encontraron con el reflejo de madre e hijo. Se preguntó qué sentiría el pequeño. Sus labios aferrados a los pezones con fuerza. Su expresión era de placer y tranquilidad. ¿Y la madre? Su rostro emitía felicidad y luz. Fue inevitable. Pensó en Albert, su pareja. Lo vio como tantas veces lamiendo la desnudez de sus pezones, se le despertó el deseo. ¿Sería una sensación semejante? Se sintió un poco abochornada por romper la inocencia de la escena. ¿Tendría ella ocasión de experimentar lo mismo? Por ahora no tenía ningún proyecto.

El bebé soltó el pezón y desplomó su gravidez en los brazos que lo sostenían. La mamá guardó como pudo su seno y abotonó su camisa sin dejar un instante de contemplar el sueño de su criatura. Su mente recorrió el trayecto que quedaba sobre el mapa en la sombra de unos labios de bebé sobre un seno negro.

Aguadulce, 15 de mayo de 2011

 
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