La mano en el hombro

“... et nemo loquebatur ei verbum; videbant enim dolorem esse vehementem.” Liber Iob, 2:13.
Las aguas del arroyo de la vida se vuelven noche o fango. Algunas veces las vides fuertes pierden los sarmientos o el trigo quiebra tierno en sus espigas, el dedo sólo es útil para lavar las pústulas infames del castigo y baja un hielo que la piel horada hasta abrir en abismo el propio mar. ¿No están quietos los pies, clavados, firmes, armando los despojos del destino? ¿No ha quemado la cólera del cielo las retinas que sólo ven vacío? Solo camina el ser abandonado cuando no queda ya ni la razón y acechan en la bruma los colmillos. Entonces hay unas manos que lo alcanzan, ponen su espalda y junto a él se sientan. Hay un desgarro del alma estremecida que comparte el silencio y las preguntas. Aunque los pasos vengan de lejana tierra y los ojos pongan un encaje ante sí, surge un llanto compartido que moja el polvo sobre los cabellos. Y alzan las manos una misma copa.
Aguadulce, diciembre de 2010

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Besos fuertes como abrazos, hlb, dmc